WHO AM I?
CURATED
WORK
"The artist, however faithful to [their] personal vision of reality, becomes the last champion of the individual mind and sensibility against an intrusive society and an officious state."
- Ursula K. Le Guin
INSTALLATION
Extravasation (El Cuarto de la Culpa)
Extravasation (El Cuarto de la Culpa), 2024
IV, Concrete, Scrap Metal & Broken GlassFaced with the image of a Palestinian man crushed to death by an Israeli bulldozer—the gore having been transformed into the imagery of spilled red flowers by artificial intelligence in order to bypass censorship on social media platforms—I found myself driven to create an installation that would invade an otherwise isolated gallery space with the undeniable weight of complicity in genocide. Utilizing organic matter in the instalation necessitates its decomposition over time, and the IV bag being full of nothing but those flowers results in an indistinguishable resembelance to real viscera.
Esta instalación confronta la belleza con la ruina, el gesto tierno con la devastación. En el centro, un atril médico sostiene una bolsa translúcida que no gotea suero, sino flores: pétalos rojos de bugambilia que caen lentamente sobre un cúmulo de escombros. Escombros reales, recogidos del incendio de la casa de Chinda Díaz, en el centro de Tegucigalpa. Pero esta no es sólo una residencia destruida: es la única casa de la capital que recibió una bomba lanzada desde un avión en la guerra civil de 1924, y desde entonces, arrastra las marcas de una ciudad en disputa consigo misma. Su caída reciente —por abandono, por fuego, por desidia— no es solo pérdida material: es síntoma. La ruina aquí no es decorado; es protagonista. Y al traer esos restos a la sala, la obra abre un diálogo con todas las ruinas —históricas, políticas, urbanas— que forman el paisaje emocional de esta ciudad.
En su versión original, Extravación respondía al horror contemporáneo en Palestina. Esta adaptación para Tegucigalpa no pretende comparar tragedias, sino hacerlas resonar. Cada ladrillo quebrado, cada pedazo de fierro torcido, lleva la huella de una violencia que no es abstracta, sino profundamente cotidiana. Las flores —aparentemente delicadas, suspendidas en el gesto de sanar— provienen de otra imagen silenciada: la de un cuerpo aplastado por un bulldozer israelí, tan brutal que no podía circular en redes sociales sin ser censurada. Para hacerla visible, alguien utilizó inteligencia artificial para reemplazar la víscera con flores. Esa operación —poética y atroz— se convierte aquí en acto estético: lo que cae sobre los escombros no es consuelo, es lo que se deja ver para que no se vea.
La instalación se inspira también en el relato “Los que se alejan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, donde una ciudad utópica basa su felicidad en el sufrimiento oculto de un solo niño. En esta pieza, no es un niño: es un cuerpo colectivo. Infancias bombardeadas, casas hechas polvo, identidades que se esfuman bajo el peso de los escombros. La ciudad que fuimos, la que pretendemos ser, la que permitimos que se caiga. El hierro del atril se yergue como testigo médico de una tragedia desatendida, y las flores, lejos de consolar, denuncian. Son el adorno que permite que la imagen circule. Son belleza, pero también complicidad.
Extravación no se contempla con distancia. Interpela. En su centro, está la pregunta que cruza todo el cuerpo de obra de Galel: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para preservar una idea de orden? ¿Cuánta ruina más necesitamos acumular para aceptar que estamos fallando como ciudad, como cuerpo social, como tiempo? Frente a esta escena, no queda sino preguntarnos —con Le Guin— si somos de los que permanecen en Omelas o de los que se alejan. Aunque aquí, tal vez, ni siquiera tengamos a dónde ir.
— Oscar Estrada